En esta escena del santo niño vistiéndole el hábito
dominico, se unen una prodigiosa fortuna; un realismo de las más
directa imitación y una nobleza y plenitud de formas de abolengo
urbiniano. Los fieles son seguramente retratos, y el prior debe de copiar
al que lo era en tiempo de Berruguete. Es emocionante la unción,
la bondad humana y hasta la ternura del fraile que le impone el hábito.
Contemplando la escena, y situada en primer término, se halla
una figura envuelta en el más rico brocado, de apostura renaciente.
Otros frailes y profanos asoman en un grupo de fuertes fisonomías
para contemplar la escena, desarrollada en su interior cubierto por
armaduras moriscas.