
Desde que a finales del siglo XIV, Castilla
y León fuese escenario de una cruel contienda fraticida entre
el rey castellano Pedro
I de Castilla y su hermanastro
Enrique
II de Trastámara, en esta
tierra se había acelerado el proceso de señorialización
feudal. Las "mercedes enriqueñas" habían consolidado
a una serie de linajes que constituía la aristocracia y el
poder, sin olvidarnos , por supuesto, del enorme poder del clero que
una vez más había estado del lado de los vencedores.
En 1.419 Juan
II de Castilla fue declarado
mayor de edad y a partir de ese momento la corona de Castilla fue
escenario de una complejísima pugna, con un tejido de acontecimientos
de difícil interpretación, presentada habitualmente
como un combate entre la nobleza y la monarquía. Los "infantes
de Aragón" (hijos a la sazón de Fernando
de Antequera, rey de Aragón),
que ocupaba puestos claves disfrutando además de cuantiosos
bienes en Castilla y León y un sector de la nobleza, ciertos
linajes, que no siempre estuvieron al lado de la corona. Se creo así
-como bien apunta Julio Valdeón-, el "partido aragonés".
Así, el que pudiéramos llamar "partido
monárquico", estaba dirigido por don
Álvaro de Luna , hombre de la máxima confianza
del rey Juan II de Castilla, al menos en aquella época (mas
tarde en 1.453 lo mandaría ejecutar en Valladolid), que tras
un destierro en 1.439, regresó reagrupando las fuerzas realistas
y se enfrentaron a Juan
II, rey de Navarra y los infantes de Aragón.
La batalla decisiva tuvo lugar en Olmedo (1.445) y los peones de las
milicias reales o fuerzas del Rey de Castilla obtuvieron una victoria
sin paliativos, diezmando la poderosa caballería de la aristocracia
castellana y del rey de Navarra, lo que originó que los nobles
que habían peleado al lado de los orgullosos infantes de Aragón
les fueran confiscados todos sus bienes. En 1454 muere el monarca
Juan II de Castilla y le sucede en el trono Enrique
IV (1.454-1.474).
Este rey que ha pasado a la
posteridad con muy mala fama (no sólo por sus caracteres personales),
por la anarquía que se desató en Castilla y León
en el transcurso de su reinado. En 1.465 se desencadenó una
nueva guerra civil en Castilla y León (tras la muerte de infante
Alfonso protagonista de la "Farsa
de Ávila") por la
sucesión al trono de Castilla y León; por un lado los
seguidores de Juana
"La Beltraneja",
hija del rey Enrique IV y por otro los partidarios de la princesa
Isabel
la Católica, futura reina
católica, hermana del rey. Si bien Enrique IV, firmó
un pacto con su hermana Isabel en 1.468 (los Toros
de
Guisando),
por el que la reconocía como heredera al trono castellano-leones,
en 1.470 proclamó heredera a su hija Juana y sin aclarar del
todo su herencia en 1.474 murió Enrique IV.
Ascendió al trono Isabel la Católica, casada con Fernando
II de Aragón en 1469, llegaban los Reyes Católicos
y la nueva era del Estado Moderno.

La corona de Castilla, al igual que otros países del occidente
de Europa, se vio afectada en el siglo XIV por una depresión
de considerable importancia. El síntoma externo más notorio
de la crisis fue la fatídica trilogía de las catástrofes:
la peste, el hambre y la guerra. Las actividades agropecuarias seguían
siendo la base de la economía, pero mientras la agricultura se
hallaba estancada, la ganadería ovina tuvo una expansión
sin precedentes.
Las actividades no agrarias tenían un papel
reducido, pero se empezó a progresar en algunas industrias de
trasformaciones. El comercio interior por su parte, seguía siendo
débil; en cambio el exterior tuvo un auge extraordinario.
La ganadería lanar fue protagonista de una expansión
singular en los últimos años de la Edad Media, entre otros
aspectos, debido a las circunstancias internacionales. La ruptura en
el siglo XIV del abastecimiento inglés de lana para los telares
de Flandes, permitió a la corona de Castilla convertirse en la
principal suministradora de esta materia prima. Este apetitoso comercio
de exportación fue rápidamente aprovechado por los sectores
de la sociedad mas dominantes, es decir, los ricos hombres, propietarios
de rebaños de merinas, los establecimientos eclesiásticos,
y la Ordenes Militares, sin olvidar a la corona que obtenía de
la trashumancia de ganado un ingreso sustancioso: el "servicio
y montazgo"

En el ámbito de lo social en la corona de Castilla en el siglo
XV fue el gran desarrollo de un proceso de señorialización,
cuyo gran beneficiado fue la alta nobleza, que vio fortalecida su posición
hegemónica, ya imperante desde el siglo XIV. En un rápido
recorrido por la Meseta Norte en pleno siglo XV, demostraban una tupida
red de señoríos, entre los que también se encontraban
los señoríos eclesiásticos, ya fueran de las iglesias
catedrales o de los monasterios, además de lo señoríos
perteneciente a las órdenes militares.
Pero la mayoría de la población de la
corona de Castilla seguían perteneciendo a las clases populares,
rurales o urbanas y del trabajo de los campesinos y de los artesanos
procedían las rentas de las clases dominantes. También
estaba un sector compuesto por gentes dedicados al comercio o a las
finanzas. No obstante, como ya se ha apuntado la guerra civil de finales
de XIV, trajo consigo que viejas familias de la nobleza se fueran extinguiendo
y afloraron nuevas familias que con el beneplácito de la corona
fueron implantando una serie de medidas recaudatorias y administrativas
que les permitiera vivir en la abundancia.
Los conflictos sociales, al igual que en el siglo
anterior, fueron de gran intensidad, con numerosos movimientos antifeudales
y pequeñas luchas, aunque nunca de una envergadura tal comparable
a la de los Hermandiños de Galicia en la época de Enrique
IV y mucho menos con la que años mas tarde , en época
de Carlos I, protagonizaron los Comuneros.
Desde el punto de vista religioso, la corona de Castilla,
al igual que el conjunto de la Cristiandad occidental, vivió
tiempos difíciles a fines de la Edad Media. Las nuevas formas
de vida y de pensamiento que se iban abriendo paso en el resto de Europa,
especialmente en Italia iban chocando con el inmovilismo recalcitrante
de la iglesia castellana, poseedora de numerosas atribuciones y preocupada
-salvo excepciones- en la acumulación de riquezas y por su intervención
en los asuntos políticos. No hay que olvidar que entre el episcopado
y la alta nobleza castellanoleonesa había estrecha relación,
pues la mayoría de los prelados se reclutaban entre la aristocracia:
los Fonseca, Manrique, Mendoza, Carrillo, etc. Por su parte, el bajo
clero tampoco ofrecía en su conjunto, una imagen saludable; su
formación doctrinal era endeble, sus costumbre no eran un ejemplo
a seguir (muchos clérigos vivían amancebados). La segunda
mitad del siglo XV la barraganía estaba tan extendida entre el
clero de la ciudades y villa de Castilla y León que algunos concejos
percibían un impuesto regular basado en esa práctica.
Y el intento reformista de la iglesia castellanoleonesa del siglo XIV
no tuvo los logros deseados.
Igualmente, los reinos de Castilla y León fueron
escenario de violentas sacudidas antijudaicas. Si en los siglos anteriores
las relaciones entre cristianos y hebreos habían sido bastante
pacíficas, la contrarreforma religiosa presentó nuevamente
con fuerza al judío como un pueblo responsable de la muerte de
Jesús de Nazaret. Por otra parte, las actividades mas destacadas
en que los judíos habían descollado tenían que
ver con el comercio del dinero, lo que era visto con saña por
las masas sociales, alimentada en ocasiones por algunos poderosos que
veían en la caída de los prestamistas judíos la
cancelación de sus deudas.

En el siglo XV, también el siglo XIV, la monarquía castellano-leonesa
fortaleció considerablemente su poder. La recepción, en
el siglo XIII del Derecho Romano aportó multitud de elementos
teóricos para el desarrollo de una concepción autoritaria
del poder real. Si se hace un análisis superficial de la historia
de Castilla y León en los siglos XIV y XV puede llevar a una
conclusión errónea: acontecimientos como las minoridades
de Fernando IV y Alfonso XI, la guerra fraticida entre Pedro I y Enrique
de Trastámara, las banderías de la época de Juan
II o el episodio de la "farsa de Ávila", puede inducir
a esa opinión. Sin embargo, a pesar de las interminables pugnas
en que se vio envuelta la corona, lo cierto es que el poder regio experimento
un indudable fortalecimiento, y para tipificar las atribuciones de que
gozaba, en la teoría y la práctica, el rey de Castilla
y León empieza a acuñarse el término "absolutismo".

Castilla y León había desempeñado en los siglos
precedentes un eficaz papel de mediadores, en el terreno de la cultura,
entre la cristiandad occidental y el Islam, cuyo momento mas floreciente
se produjo en la época de Alfonso X el Sabio. La cultura que
se desarrolló en Castilla y León al final de la Edad Media
protagonizó una pugna entre elementos del pasado, que luchaban
por sobrevivir, y novedades que trataban de abrirse paso, de las cuales
la mas importante era el humanismo. Desde el punto de vista artístico,
el reino castellano-leonés mantuvo una estrecha dependencia hacia
Flandes y otras regiones europeas, aunque aún tenía fuerza
al tradición.
Castilla y León no fueron una
excepción a la tónica dominante en la historia de la cultura
medieval de una fuerte impregnación religiosa. Los eclesiásticos
ejercieron un monopolio, durante buena parte de la Edad Media, muerto
el rey Alfonso
X el Sabio el entrecruce de las culturas cristiano-judaica-islámica
fue decreciendo, y se empezó a mirar hacia el Occidente europeo,
aunque las tradición mudéjar no había muerto y
las minorías hebreas siguieron ejerciendo una influencia notable
en tierras castellanoleonesas en el siglo XV.
En la pintura , al igual que en otras
artes, al siglo XIV bastante estéril le sucedió el siglo
XV fecundo. Los reyes y magnates se sentían atraídos por
la moda francesa y por el arte flamenco y borgoña. De allí
se importaban tapices y retablos y de allí venían a la
meseta artistas renombrados, para trabajar al servicio de las clases
pudientes. Las principales características del pictórico
flamenco eran el realismo naturalista, la riqueza cromática y
el interés por la minuciosidad. Pero desde mediados del siglo
XV se fue haciendo perceptible la influencia de una nueva cultura que
irradiaba de Italia, en donde se estaban poniendo las bases del Humanismo.
No obstante la pintura, al igual que la escultura, está subordinada
a otras artes y no es comparable la situación de los pintores
castellanos con los pintores italianos. Así los Berruguetes (Pedro
y Alonso, padre e hijo, artistas claves en la pintura castellano-leonesa),
que tienen trato con los grandes maestros, en Castilla se tienen que
amoldar, incluso estilísticamente, a las condiciones menos desarrolladas
de este arte en Castilla-León.
El renacimiento tuvo que incardinarse
dentro de un mundo con estructuras sociales tradicionales muy fuertes
en el que puede influir pero sin llegar a destruir. Los pintores no
podrán prescindir de la necesidad de mecenazgo, ejercido lógicamente
por los privilegiados, que en Castilla y León -y en toda la península-
distan mucho de asemejarse a Federico
de Montefeltro, duque de Urbino.