
En la segunda mitad del siglo XV, "el viejo
continente", Europa, acaba de terminar un brutal y durísimo
enfrentamiento entre las monarquías inglesa y francesa, en
un intento de ambas de consolidar e imponer su hegemonía. Esta
guerra había implicado en mayor o menor medida a los demás
estados europeos y la historiografía la ha denominado "Guerra
de los Cien Años"

El final de esta guerra liberó a muchos Estados
de unos gastos en recursos humanos y económicos que permitió
el despegue de una Europa que caminaba hacia nuevas formas de vida
En el campo, las diferencias se debían
a algún ordenamiento de origen feudal, que había generado
rangos distintos, muy distantes entre sí y con mayores posibilidades
para aquellos que pertenecían a los rangos superiores, pertenencia
en la que el nacimiento era determinante y, en gran medida, canalizador
del futuro, pues las diferencias de rango llevaban vinculadas funciones
específicas; por ejemplo, la administración de justicia,
así como el asesoramiento y la administración gubernamental,
eran funciones ejercidas, generalmente, por aristócratas y terratenientes
de tradición militar.
Por otro lado, las ciudades habían
crecido y prosperado gracias a la actividad manufacturera y comercial.
Sin embargo, sus dimensiones eran pequeñas; había muchas,
pero con escasos habitantes. Paris contaba con unos 200.000, mientras
que Venecia y Londres, por citar tres casos, no superaban los 100.000.
Si el ámbito urbano era el marco fundamental en las transacciones
comerciales, éstas no eran nada espectaculares, pues las ciudades
que tenían ferias y mercados escaseaban. Dentro de las urbes
los individuos dedicados a actividades industriales o comerciales (mercaderes,
tenderos, artesanos, etc.) tenían su propia organización
con la que buscaban garantizar su actividad y salvaguardar sus intereses.
Pues bien, en este entramado hay unos
mecanismos que conviene destacar. Por un lado, tenemos que uno de los
rasgos distintivos de la vida europea de entonces era la abundancia
y el poder de las asociaciones ciudadanas que se esforzaban en lograr
ventajas económicas, sociales y religiosas para sus asociados.
Por otro, existía un fuerte desequilibrio entre el mundo rural
y el mundo urbano; en este último se abría paso a duras
penas un elemento social nuevo, considerado extraño en el contexto
social predominante y que de manera inequívoca se le llamará
burgués; pero su fuerza era escasa y, dada la poca entidad de
las ciudades, lo normal es que éstas estuvieran en una situación
de dependencia respecto a algún señor feudal, aunque no
faltaban ejemplos significativos de ciudades independientes e incluso
había casos en que lograron que los nobles vivieran dentro de
sus muros y se integraran –con mayor o menor intensidad- en la vida
urbana: tal es la situación que se observa en algunas ciudades
alemanas, flamencas y, sobre todo, en las italianas, posiblemente las
pioneras en este orden de cosas, dadas las peculiaridades de su proceso
histórico. Igualmente, tanto en el campo como en la ciudad, existían
oligarquías constituidas por familias principales, de larga tradición,
imbuidas de ideales elevados, poseedoras de casi toda la riqueza y el
poder, constituyendo auténticas aristocracias, celosas defensoras
de su privilegiada posición y de duras actitudes y comportamientos
respecto a los menos favorecidos.
El clero renacentista, particularmente su más
alta jerarquía, ajustó su comportamiento a la ética
y costumbres de la sociedad laica. Las actividades de los papas, cardenales
y obispos apenas se diferenciaban de las usuales entre los mercaderes
y políticos de la época. Al mismo tiempo, la cristiandad
se mantuvo como un elemento vital y esencial de la cultura renacentista.
Además muchos humanistas se preocuparon por cuestiones teológicas
y aplicaron los nuevos conocimientos filológicos e históricos
para estudiar e interpretar a los Padres de la Iglesia. El acercamiento
humanista a la teología y a las Escrituras se puede observar
desde el erudito y poeta italiano Petrarca hasta
el holandés Erasmo
de Rótterdam lo que tuvo un poderoso impacto sobre católicos
y protestantes.

El Renacimiento es el periodo de la historia europea
caracterizado por un renovado interés por el pasado grecorromano
clásico y especialmente por su arte. El renacimiento comenzó
en Italia en el siglo XIV y se difundió por el resto de Europa
durante los siglos XV y XVI. En este periodo, la fragmentaria sociedad
feudal de la edad media, caracterizada por una economía básicamente
agrícola y una vida cultural e intelectual dominada por la Iglesia,
se transformó en una sociedad dominada progresivamente por instituciones
políticas centralizadas, con una economía urbana y mercantil,
en la que se desarrolló el mecenazgo de la educación,
de las artes y de la música.
El renacimiento italiano fue sobre todo
un fenómeno urbano, un producto de las ciudades que florecieron
en el centro y norte de Italia, como Florencia y Venecia, cuya riqueza
financió los logros culturales renacentistas.
Así la historia, hasta entonces
prácticamente una rama de la teología, se convirtió
en una rama de la literatura; los historiadores renacentistas rechazaron
la división medieval cristiana de la historia, que se iniciaba
con la Creación, seguida por la encarnación de Jesús,
para terminar con el posterior Juicio Final. La visión renacentista
de la historia también constaba de tres partes: comenzaba con
la antigüedad, continuaba con la edad media y se completaba con
la edad de oro, o renacimiento, que acababa de iniciarse. Mientras que
los eruditos medievales contemplaban con recelo el mundo pagano griego
y romano creyendo que vivían en la última etapa histórica,
previa al Juicio Final, sus colegas renacentistas exaltaban el mundo
clásico, condenaban el medievo como una etapa ignorante y bárbara
y proclamaban su propia era como la época de la luz y de regreso
al clasicismo. Esta visión era expresada por muchos pensadores
renacentistas que recibieron el nombre de humanistas.
En el campo de las bellas artes la ruptura
decisiva con la tradición medieval tuvo lugar en Florencia en
torno a 1420, cuando el arte renacentista alcanzó el concepto
científico de perspectiva lineal que hizo posible representar
el espacio tridimensional de forma convincente en una superficie plana.
Donatello,
considerado fundador de la escultura moderna, esculpió una estatua
de David, primer desnudo a tamaño natural desde la antigüedad.
Desde mediados del siglo XV, las formas y temas clásicos volvieron
a ser utilizados: los motivos mitológicos tomados de las fuentes
literarias adornaron palacios, paredes, mobiliarios y vajillas. Piero
della Francesca, Andrea
Mantegna y Sandro
Botticelli pintaron retratos de personajes de la nobleza,
resaltando sus características individuales. Los ideales renacentistas
de armonía y proporción culminaron en las obras de Rafael,
Leonardo
da Vinci y Miguel
Ángel
durante el siglo XVI.

El cambio experimentado en la pintura europea a
partir de la segunda década del siglos XV, es -así parece-
el resultado lógico de los nuevos planteamientos artísticos
desarrollados en los centros urbanos de Flandes y en varias ciudades
italianas, principalmente Florencia. En ambas zonas, la pintura
fue logrando unos avances que con anterioridad habían conquistado
la arquitectura y el resto de las artes visuales. Los planteamientos
de la pintura flamenca y de la pintura del Quattrocentos italiana coinciden
en la interpretación del espacio pictórico, en la aceptación
de la verosimilitud y como ya se ha señalado en buscar apoyos
en los logros conseguidos por el resto de las artes; diferían,
en cambio, en algunas cuestiones técnicas de gran interés
como la aparición del óleo en la pintura del Norte. A
destacar también, que estas diferencias no supusieron un antagonismo
entre las dos concepciones pictóricas, al contrario, acentuaron
el interés de los artistas que trabajan en una de las zonas por
conocer las novedades que presentaban los de la otra zona, lo que conllevó
un intercambio de experiencias entre los pintores que enriqueció
notablemente las calidad pictórica en ambos sitios.
Florencia fue, sin lugar a dudas, la
ciudad donde cristalizaron las mayores innovaciones en el campo de las
artes, y las experiencias pictóricas que allí se dieron
a partir de 1420 supusieron el arranque de la Pintura Moderna. Los pintores
y artistas florentinos impusieron toda una serie de investigaciones
tendentes a conseguir un nuevo "sistema de representación"
capaz de articular un espacio natural, continuo y tridimensional, en
definitiva se buscaba una representación con la suficiente "verosimilitud"
y consistencia que reflejara esa nueva realidad natural.
El "espacio natural" suponía
contar con una figuración y un conocimiento mas preciso en la
perspectiva lineal hasta conseguir una entidad y volumen que los pintores
florentinos consiguieron mediante la utilización de un color
cada vez más natural, y de la experimentación de los efectos
lumínicos y de modelado; factores ambos que contribuyeron a la
consecución definitiva de estas representaciones tridimensionales
con esa apariencia natural pretendida; en clara oposición al
espacio irreal, místico y simbólico, que caracterizaba
a la pintura inmediatamente anterior.
Hacia 1470 la mayor parte de los pintores
florentinos habían adoptado plenamente las investigaciones de
los maestros de la generación anterior.