Esta obra se desarrolla en un escenario de renacimiento, con una amplitud
espacial, un hálito renaciente, cercano a la etapa italiana.
Hay que destacar la visión que Pedro Berruguete da de Roma, lugar
donde se sitúa la acción. El arco rebajado y otros elementos
de la arquitectura que repite formas de las portadas del Palacio de
Urbino. Las letras del entablamiento son todavía romanas y el
fondo se abre sobre arcadas clásicas.
Todas las figuras se hallan situadas en un ámbito de perspectiva
horizontal, de holgada espaciosidad. El fiel realismo de los rostros
marcan ya un principio de hispanización.