Pedro Berruguete debe figurar con pleno derecho entre los mayores
maestros de la pintura española de todos los tiempos, junto
a Velázquez, Goya, o el Greco. La fuerza y el carácter
de este pintor paredeño es tal que sus obras difícilmente
pueden se confundidas. Destaca en ellas la extraordinaria sensación
de realidad que transmiten al espectador. Sus personajes parecen sacados
del entorno inmediato del pintor. El dibujo es de una corrección
tal que nos invita a creer que el autor estudiaba sus obras directamente
del natural. El color lo utiliza con vigor, con tonos nítidos
e intensos, pero sin estridencias. Otro de los factores que contribuyen
en gran manera al realismo de sus obras es la habilidad para sugerir
las diferentes calidades táctiles de los objetos: telas, piedras
preciosas, maderas, piedra, joyas, metales, cerámicas, vidrios,
carnaciones, cabellos..., todo estimula con fuerza el sentido del
tacto mediante la pura ilusión visual. También los espacios
donde Pedro Berruguete sitúa los elementos que integran la
composición tienen gran verosimilitud. Sus arquitecturas están
construidas sobre un sistema de perspectivas en el que se mezclan
teorías geométricas, aprendidas sin duda en Italia,
y conocimientos empíricos fruto de la observación y
la experiencia.
Los retratos de Pedro Berruguete, hombres ilustres pintados para
el "Studiolo" del Palacio Ducal de Urbino, como los seis
reyes y profetas de la Casa de David de la predela del Retablo Mayor
de Santa Eulalia en su villa natal de Paredes de Nava, deben de ser
considerados como las primeras obras maestras en este género
dentro de la pintura española.
Tras su vuelta a Castilla sorprende el aspecto gótico tan
insistido, aristado y puro de muchas de sus arquitecturas y elementos
ambientales de sus tablas. Son formas medievales que se hallan reiteradas,
dibujadas con delicadeza y que están tremendamente fundidas
con los personajes, sus ánimas y los temas. Los brocados de
sus trajes, las telas con dobleces de tacto espeso (Pedro Berruguete
es entre otras cosas eso: tacto), los rostro curtido por soles castellanos
y esas arquitecturas con glabetes con arcos unas veces agudos y otras
redondos, pero con molduraje gótico, y esos artesonados moriscos
con carpintería mora. No conviene olvidar una de las características
habituales de Berruguete, que es el arco de fondo que crea nichos
y valora objetos de un primer plano que la mirada del observador puede
redondear; un artificio que encarna el realismo de estas imágenes
con sombras y relieves pungentes, al que contribuyen los fondos de
brocado de oro que tanto prodiga en sus escenas.
Posiblemente el valor esencial de su arte sea el profundo humanismo.
Todas la figuras encarnan seres vivos, personajes de una presencia
evidente y sólida. Todos se hallan modelados hundiendo los
rasgos sobre el hueso de su psicología; todos firmes, corpóreos,
respetando y aún exaltando sus rictus diferenciadores, sus
facies de enérgica individualidad. Ningún artista dispone
de un tal elenco de personas con sus destinos tan exactos y singulares
como sus rostros.
La técnica de pintura al óleo empleada por Berruguete
es en esencia como la que emplearon los maestros flamencos del siglo
XV, en una línea distinta a la de los italianos. Pedro Berruguete
viene a ser el primer pintor español que no sufre una degeneración
de su arte después de alcanzar la madurez artística.
Y a pesar de que se ha hablado de la "involución"
del artista paredeño hacia planteamientos mas góticos,
si parece que este extremo se halle ampliamente superado por la cantidad
y calidad de Pedro Berruguete. Lo único que el artista paredeño
hizo fue amoldarse a los cánones de trabajo que entonces se
establecieron en Castilla y León. Aún así su
sello personalísimo ha dejado huella imborrable en la historia
de la Pintura Española de todas las épocas.